Jesús le dijo a Nicodemo que tenía que nacer de nuevo y, al hacerlo, puso en el centro de la conversación de este martes de la II Semana de Pascua una idea que descoloca por su sencillez y su alcance. La lectura del evangelio según san Juan, citada como Juan 3,5a.7b-15, recoge una respuesta directa a una pregunta que sigue sin perder fuerza: «¿Cómo puede suceder eso?»
Nicodemo preguntó después de que Jesús le hablara del nuevo nacimiento y del Espíritu, comparando esa acción con el viento, que sopla donde quiere y se oye, pero no se sabe de dónde viene ni adónde va. Jesús remató su explicación con una frase que sitúa el centro de la fe en algo más alto que la comprensión inmediata: «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre», y añadió que el Hijo del hombre tiene que ser elevado para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
La liturgia de este 14 de abril de 2026 presenta así la segunda parte de la conversación entre Nicodemo y Jesús, y lo hace junto con otra lectura que coloca la fe en terreno visible: Hechos 4,32-37. Allí, el grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma; nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, y los que poseían tierras o casas las vendían y ponían el dinero a los pies de los apóstoles.
El pasaje de Hechos no se queda en una idea general sobre la unidad. Nombra a José, a quien los apóstoles apellidaron Bernabé, un levita natural de Chipre, y cuenta que vendió un campo y llevó el dinero a los pies de los apóstoles. La escena da forma concreta a una comunidad en la que los apóstoles distribuían según la necesidad, sin necesitados entre los suyos. Frente a la pregunta de Nicodemo sobre cómo puede suceder un nacimiento del Espíritu, la respuesta de los primeros creyentes es una vida compartida que no se explica solo con palabras.
La clave del día está en el paralelismo que la liturgia propone entre el Hijo del hombre elevado y la serpiente de bronce levantada por Moisés en el desierto, según Núm 21, 4-9. En esa lectura, como en el evangelio, mirar hacia lo levantado es parte del camino de salvación. El texto de Juan no responde a la duda de Nicodemo con una teoría, sino con una afirmación que mueve la fe hacia la confianza: el que cree en él tendrá vida eterna. Y en Hechos, esa misma fe toma cuerpo en una comunidad que reparte, vende, entrega y no deja a nadie fuera.






