Durante décadas, los geólogos contaron una historia simple y dramática: hace unos 5 millones de años, una inundación gigantesca volvió a llenar un Mediterráneo seco y salado. Ahora, esa narración clásica está siendo puesta a prueba por nuevas investigaciones que cuestionan tanto el supuesto megadesierto como la idea de una catarata colosal en Gibraltar.
La versión que dominó durante más de 50 años arrancó con muestras recuperadas por el Glomar Challenger, que volvió a Lisboa el 6 de octubre de 1970 tras una travesía de 54 días y 28 perforaciones en el fondo del Mediterráneo. Esos núcleos parecían mostrar que, hace unos 6 millones de años, la cuenca se había convertido en un desierto salino de más de dos kilómetros de profundidad. Medio millón de años después, según el relato clásico, el Atlántico irrumpió por el actual Estrecho de Gibraltar y devolvió el agua al mar interior en una crecida capaz de vaciarse sobre el vacío con una fuerza difícil de imaginar.
La historia ganó vida pública en diciembre de 1972, cuando Kenneth Hsü la describió en Scientific American y la presentó como una catarata de Gibraltar de dimensiones casi absurdas. Su cálculo apuntaba a un caudal de 10.000 millas cúbicas de agua al año, unas 100 veces Victoria Falls y 1.000 veces Niagara Falls, una imagen que después fue llevada a un documental de David Attenborough y hasta a un sello de 5 pence emitido por Gibraltar, con una catarata de 3.000 metros estampada en miniatura.
La fuerza de esa versión ayudó a convertir el episodio en la explicación convencional de la llamada crisis de salinidad del Messiniense y de la inundación Zancliense. Para muchos geólogos, la secuencia encajaba: primero el mar se aisló, se secó y quedó como una cuenca profunda; después llegó una apertura súbita al Atlántico y el llenado fue brutal. En un mar que hoy pierde por evaporación unas tres veces más agua de la que recibe por lluvia y ríos, la entrada constante de agua atlántica de oeste a este por Gibraltar parece la prueba visible de lo que siempre ha necesitado para mantenerse.
El problema es que varias piezas de esa historia ya no encajan con tanta facilidad. Algunos geólogos sostienen ahora que el periodo de desecación fue mucho más corto y que la recarga del Mediterráneo ocurrió de forma más gradual. Otros creen que el mar nunca quedó completamente desconectado del Atlántico. Y nuevos estudios sugieren que el canal de drenaje, si existió, quizá ni siquiera estuvo cerca del Gibraltar actual. Guillermo Booth Rea ha sido tajante sobre el giro: “La idea de una megainundación, y los datos que la respaldan, son en su mayoría erróneos”.
Lo que está en discusión no es si hoy el Mediterráneo depende del Atlántico para compensar su déficit de agua, sino si la gran inundación prehistórica ocurrió tal como se ha contado durante medio siglo. La respuesta importa porque no solo cambia una anécdota espectacular de la geología: obliga a reescribir cómo se cerraron, vaciaron y llenaron algunas de las cuencas más estudiadas del planeta.